Opinión · Historia del Cine
Pochoclo, ruido y una sola culpable
Parto del hecho de que no tienen idea quién fue Julia Braden. Así que me voy a tomar unas líneas para contarles quién fue esta mujer.
Eran los años 30 y en Estados Unidos corría la Gran Depresión. Cayó el mercado de la bolsa y de repente no solo los pobres pasaban hambre, sino también los ricos. En ese contexto, la gente necesitaba distracción y pocas cosas ofrecían un escape tan efectivo como el cine. Las películas se vuelven vitales para este momento de crisis. La gente iba al cine más cercano, veía una función doble —antes pasaban dos películas seguidas— y por unas tres horas se olvidaba de todos sus problemas. La cantidad de espectadores aumentó. Hay que tener en cuenta que antes de la aparición del cine sonoro, las salas eran un ambiente casi elitista, iba principalmente un público alfabetizado que podía leer los intertítulos. Todo cambió con la llegada del sonido. Las salas empezaron a llenarse de un público nuevo, más amplio, que venía a escapar de la realidad por un rato. Y ese público, con hambre literal y figurada, quería comer. Uno de los pocos lujos que se podían permitir era comprarse un balde de pochoclos en los puestos de afuera del cine. Acá es donde entra Julia Braden, una viuda de Kansas City y la protagonista involuntaria de esta columna. Braden era vendedora ambulante de pochoclos y tuvo la astucia —o el descaro, depende de cómo se lo mire— de convencer a los dueños del cine local de que la dejaran instalar su puesto dentro del lobby. No afuera, no en la vereda, sino adentro. Los dueños de los grandes cines de la época venían resistiendo la presencia del pochoclo porque lo consideraban un alimento de calle, barato y sucio, indigno de sus alfombras y sus techos ornamentados. Braden los convenció igual. El éxito fue inmediato. Para 1931 ya tenía puestos en cuatro cines distintos y facturaba más de 14.000 dólares anuales, el equivalente a unos 300.000 dólares de hoy. Hasta le puso marca a su producto: Braden's Golden Flake Popcorn y amenazaba con demandar a quien la copiara. Había entendido el negocio antes que nadie. Después, claro, los dueños de los cines se dieron cuenta y empezaron a manejar la venta ellos mismos. Hoy en día, las concesiones, siendo el pochoclo la estrella, representan alrededor del 40% de las ganancias netas de un cine, con márgenes de ganancia sobre el pochoclo que rondan el 85%. Es decir, de cada peso que pagamos por el balde, 85 centavos son ganancia pura para la sala.
¿Por qué comemos pochoclo en el cine? Mejor pregunta: ¿por qué comemos en el cine? Si vamos a ver una película, no a un picnic. He visto gente comiendo hamburguesas, helado y otra variedad de cosas. El problema central no es el alimento, es el ruido. La gente come y no se da cuenta de que genera un ambiente sonoro propio, completamente ajeno a lo que está pasando en la pantalla. Algunos son conscientes y se esfuerzan en perturbar lo menos posible. Estos son un ejemplo de civilización dentro de una sala. Pero otros le entran al balde de pochoclos como si estuvieran excavando en busca de algo enterrado en el fondo, mastican con una dedicación que merece aplauso y abren paquetes de golosinas con una paciencia inversamente proporcional a la velocidad. El cine es audiovisual. El sonido no es decorado. Hay directores y diseñadores de sonido que trabajan meses construyendo un paisaje sonoro específico, el silencio antes de una revelación, la tensión que se construye en una escena sin música, el peso de un momento que necesita que no pase nada más. Cuando alguien abre un paquete de pastillas en ese momento, proceso que, por alguna razón, siempre lleva entre tres y cuatro minutos, no está siendo desconsiderado solamente con los demás espectadores: está interfiriendo en una decisión artística. Está sobrescribiendo el trabajo de alguien con el ruido de sus golosinas. Y lo más frustrante es que generalmente no lo hacen con mala intención. Simplemente no se dan cuenta.
Seguro algunos de ustedes dirán: ¿Por qué no te quedás viendo películas en tu casa? Les respondo que me encantaría, el problema es que nadie tiene una pantalla de quince metros en su casa. Y sí, se puede ver una película en casa con un televisor grande y un buen sistema de sonido. La experiencia puede ser bastante decente, pero no es la misma. El cine tiene algo que ningún living puede replicar. Hay películas y escenas que cobran una dimensión completamente distinta cuando se ven en la oscuridad de una sala, con un sistema de audio envolvente. El director puso cada sonido en cada canal con una intención. Eso no es un detalle técnico, es parte de la obra.
Este es mi descargo para la señora que, allá en los años 30, tuvo la brillante idea de combinar dos cosas que no tenían nada que ver. No le guardo rencor por su iniciativa empresarial, en el fondo, Braden fue una mujer inteligente que vio una oportunidad. Le guardo rencor por la cadena de eventos que desencadenó. Hoy el pochoclo y el cine son una pareja tan consolidada que parece imposible imaginar una sin la otra. Pero no siempre fue así. Y a veces, cuando alguien escarba su balde justo en el momento más silencioso de la película, me pregunto cómo sería el cine si Julia Braden ese día se hubiera quedado en la vereda.
FIN.